• Arqt. Alfredo C. Casares
• Escultor Albert Dubos
• Arqt. Silvia Rudin de Amuchástegui
• Sra. María Teresa Giovannone



 
• Palabras pronunciadas por el Señor Académico de Número Arqt. Alfredo C. Casares en el sepelio del señor Académico de Honor Prof. Juan Carlos Labourdette

En nombre y representación de la Academia Nacional de Bellas Artes, vengo a despedir los restos de Juan Carlos Labourdette, ilustre colega, Miembro de Número de la Corporación, Académico de Honor al cumplir los ochenta años de edad.
He pedido al señor Presidente que delegara en mi persona la misión de decirle adiós a Labourdette dada la admiración que sentía por él y por el afecto profundo que nos vinculaba.

Tuve el privilegio de verle trabajar en el taller con martillo y formón, dando forma a sus creaciones de la más profunda espiritualidad y refinamiento. Y ello lo hacía con una alegría serena, sin estridencias, contemplando con sus transparentes ojos celestes el fruto de su labor.
La obra de Juan Carlos hará que su vida se prolongue en ella. Pero ciertamente sus dotes de eximio artista, quedarán inseparables en nuestro recuerdo a su hombría de bien, su caballerosidad, su cordialidad. Jean fue un ángel en esta tierra y hoy integrará a buen seguro el coro de los ángeles del cielo.

La Academia dirige sus palabras de consuelo a su compañera de toda la vida y a sus hijos y a sus amigos entrañables, que compartieron con amor sus alegrías y sufrimientos.
Me viene a la memoria el comentario de Romano Guardini sobre Mateo cuando en las bienaventuranzas traduce parte del mensaje diciendo: "Los mansos, aquellos en cuyo interior ha arraigado el silencio, la humildad y la bondad heredarán la tierra."
Juan Carlos tu bienaventuranza te hará alcanzar la Paz del Señor.


 
• Comentario del escultor francés Albert Dubos sobre Juan Carlos Labourdette

Labourdette llegó muy joven a París, cuando Bourdelle reinaba como maestro indiscutido.
Un pequeño mundo de discípulos recibía fervorosamente las enseñanzas ricas de la vida que el maestro les impartía.
Labourdette, que ingresó al taller de uno de sus mejores discípulos, el escultor griego Apartis, las aprovechó ampliamente. Pero supo preservar su personalidad y se liberó muy pronto de la influencia de Bourdelle, la que sólo aparece, en su aspecto positivo, en los primeros trabajos ejecutados a su regreso.
Un buen ejemplo de este período son los Altorrelieves de la entrada del osario del Cementerio de Avellaneda. La voluntad de composición, la afirmación de los volúmenes y la intensidad de sentimiento que expresan esas figuras de líneas sobrias, son indiscutiblemente bourdellianas.

Pero ya Labourdette, dejando la arcilla y el bronce, pasaba al otro polo de la escultura y atacaba la talla directa, Tuvo así el inmediato contacto con la materia, indispensable al escultor y descubrió la firmeza de las formas que la herramienta hace surgir de la piedra.
También otras búsquedas lo atrajeron. La contemplación de la cerámica de los indios americanos, en el Museo Etnográfico de Buenos aires y en el Museo de La Plata, donde el cacharro sugiere la forma humana, lo llevó a buscar en ese campo las libertades de simplificación y deformación que, paradójicamente, las exigencias de una técnica dan al artista.

Ejecutó una serie de terracotas desnudas, mujeres sentadas en el suelo, en distintas actitudes, también animales: gatos con ese aire que tienen de posar para la eternidad y un sensible cocker de largas orejas.
Estas figuras, expuestas en 1950 en la Galería Viau, son de factura muy libre y de un carácter con un atractivo encanto. Pero la total ausencia de detalles y las deformaciones intencionales que les quitan todo carácter realista o anecdótico les confiere dignidad y estilo.

Desde sus comienzos, Labourdette no dejó nunca de hacer cabezas y retratos. Muy sensible a la personalidad de sus modelos, los traduce directamente con formas simples que reciben con amplitud la luz.
Los niños constituyen uno de sus temas predilectos. En sus dibujos, figuras y bustos supo fijar lo que el ojo capta del niño que se mueve y que basta para reconocerlo a primera vista. Realizó así una serie de cabecitas vivas y expresivas que presentó en la Galería Alcora, donde las dispuso ordenadas como escolares en clase.
¡Cuántas maravillas descubre Labourdette observando los juegos y actividades de sus pequeños modelos! Pero necesitaba un procedimiento que le permitiera captar el gesto en lo que tiene de más fugitivo. Utilizó entonces el alambre para cubrirlo simplemente con una fina capa de yeso. Resultan verdaderos croquis en tres dimensiones, en los que llega a fijar hasta el vertiginoso movimiento de una chiquilla en su columpio.
Con esta técnica realizó Niños Jugando, El niño pescador, que fue fundido en bronce para una fuente en un jardín, y un notable boceto para el Monumento al prisionero político desconocido, donde un delegado personaje sentado está cautivo en un inextricable tejido geométrico de cuerpos de alambre.
Llevando al extremo su procedimiento, con sólo el alambre trazó figuras en el espacio, tales como La huida a Egipto, que tiene la gracia y la gravedad de una tapicería gótica.

Labourdette también fue atraído por el arte religioso. Hace el Via Crucis de la Iglesia de Glew, la que fue pintada al fresco por Raúl Soldi; un Bautismo de Cristo, en terracota, para un baptisterio.
Habiéndole encomendado "Mediator Dei" un San Francisco Javier, vuelve a su técnica de alfarero haciendo un hombrecillo sin belleza, vestido con una sotana negra. Ni mímica, ni gesto: una mano aprieta una diminutiva cruz; el otro brazo simplemente caído. Camina y se comprende que nada lo detendrá.

Entretanto Labourdette talla la madera y modela en cera pequeñas figuras para fundir en bronce.
No hay que sorprenderse por la diversidad de técnicas. Ellas traducen siempre la misma visión y esta inagotable curiosidad es una característica de nuestro escultor. Se debe en parte a su gran habilidad manual. Sus manos necesitan manejar todas las herramientas, probar todos los materiales. Pero sobre todo, la libertad le es tan natural que nada, ni el hábito de una técnica, ni los resultados que ésta le pueda dar, lo limitan o lo detienen. Labourdette seguirá buscando siempre los medios necesarios para enriquecer su expresión.


 
• Testimonio de una de sus alumnas, la Arqt. Silvia Rudin de Amuchástegui

Recuerdos de Jean:

"Saque todo lo que sobra", fueron sus palabras el primer día que fui al taller y me encontré con una gubia en la mano, frente a un pedazo de madera sin saber qué hacer.
Y ese era el espíritu del taller, nada sobraba a pesar de que en él, se podía encontrar casi de todo: desde un enorme banco de carpintero, hasta la herramienta más sutil para pequeños trabajos; cantidad de herramientas fabricadas por él, como la masa con forma de cono truncado, el calentador de cera para sus trabajos a la cera perdida (inolvidable lata de tomates puesta horizontal con patas de alambre retorcido), los platos de yeso para usar como base cuando trabajábamos en arcilla, el cuaderno de recetas para preparar, por ejemplo, la cola para retardar el fragüe del yeso y la inefable libretita "¿dónde está?", colgada de un clavo, que permitía recuperar lo inencontrable.

La enseñanza era, por ejemplo; con una mirada veía que la gubia estaba desafilada y, en silencio, afilaba una, luego la asentaba y continuaba su trabajo, casi sin palabras, sólo con la mirada, capaz de sonreir asintiendo o de mostrar reprobación cuando algo no era de su agrado.

"Siempre hay materia", decía cuando creíamos haber quitado demasiado material para lograr la forma deseada y así se entendía que el volumen era relativo…
Frases que, además de servir para hacer escultura, son una enseñanza de vida y fueron transmitidas con ese espíritu puro, generoso, silencioso, alegre e inolvidable, característico de Jean.


 
• Testimonio de su alumna Sra. María Teresa Giovannone

Es muy grato para mí recordar las épocas en que concurría al taller de Jean Labourdette. Su serenidad de carácter, su caballerosidad, su prudencia, su respeto por la obra del alumno al guiarlo sin imposiciones, eran una constante de su fina personalidad.

Vienen a mi memoria un par de anécdotas. Un día le pidieron prestado un serrucho grande, de esos que usan los leñadores. Jean lo asió de un extremo, yo del otro, él tomó la delantera y nos dirigimos hacia la calle.
Durante el trayecto se puso a cantar Aijoo...Aijoo... La,la, lara,la,la... Era la canción que cantaban los enanitos en la película "Blancanieves".
En otra ocasión, llegué bastante contrariada por algún motivo que no recuerdo. Me puse a trabajar y al rato lo veo acercarse trayendo una latita, de esas en que se envasa atún, cubierta por una lámina de cartulina. Jean la destapó y mágicamente salió volando una mariposa. Fue tan lindo que mi malhumor desapareció.

Con él no sólo se aprendía a hacer escultura, también nos nutría su filosofía de vida. Por eso y por siempre, muchísimas gracias, Jean.
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